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sábado, 9 de mayo de 2015



La cuestión del mal es realmente compleja y puede abordarse desde diferentes puntos de vista. En este caso, focalizaré en un mal de tipo estético y no de carácter antropológico. En primer lugar, porque abordar una cuestión así desde un punto de vista antropológico me llevaría a comenzar estudiando la Biblia, en el caso de Occidente, o archivos precolombinos como el Popol Vuh si deseara indagar en el mal presente en la cultura maya quiché. Imaginad cómo de complejo podría llegar a ser un trabajo de este tipo si intentase hallar las raíces en los testimonios más antiguos de cada cultura. Además, mi área de conocimiento asignada es la literatura y no la antropología, razón de más que me lleva a emprender esta labor desde una visión estética, literaria e incluso psicocrítica, como veremos más adelante. Bien es cierto que muchas cuestiones se quedarán en el tintero, pero es lo que cabe esperar de un tema tan controvertido que plantea tantas preguntas y que es susceptible de un gran abanico de visiones. Con todo, intentaré mostrar una visión general aunque apurada en la medida de lo posible. En resumidas cuentas, en este trabajo el lector podrá encontrar una introducción del tema cuyo fin es explorar, cierto es que de manera somera, las relaciones entre la literatura y el mal y buscar una concreción final en dos obras de la literatura hispanoamericana, cuyo corpus me parece fascinante y muy proclive a lo místico y maligno –es ahora cuando me viene a la cabeza ‘lo real maravilloso’ de Carpentier, rasgo únicamente propio de Sudamérica, inherente a su historia, a su cultura y a sus tierras–. Quisiera, no obstante, puntualizar algo a este respecto. Para comenzar un estudio así, por general que sea, es necesario que me posicione. Para ello adoptaré un punto de vista europeísta de la cuestión, esto es, que hablaré del mal tal como se concibe en Occidente, ampliando este pensamiento a la cultura latinoamericana que, como sabemos, además de beber del sustrato precolombino lo hace también, debido a la Conquista de las Indias, de la cultura occidental.


Las relaciones entre la literatura y el mal planteadas por el pensamiento europeo señalan, tal como sostiene Palacios (2003: 14) que «la literatura estuvo ligada al mal como rebelión del individuo frente a las dinámicas -particularmente sicológicas y morales- que impusieron los nuevos credos económicos y sociales, como el industrialismo o el positivismo» en Europa. El enfrentamiento originario entre el bien y el mal es tan antiguo como la existencia del ser humano sobre el planeta Tierra. Este enfrentamiento ha tomado diferentes formas a lo largo de la historia hasta llegar a la actualidad, aunque en esencia siga siendo lo mismo. Antiguamente, el mal solía aparecer en la literatura para advertir, casi siempre dentro de un contexto religioso, y mostrar así ciertos aspectos de la vida y del ser humano que debían ser rechazados por la moral. La controversia apareció cuando el mal en la literatura adoptó un fin artístico y por tanto, no necesariamente moralizador, es decir, cuando se secularizó. Bien es sabido que a lo largo de la historia de la literatura se han destruido numerosas obras por considerarlas inmorales o amorales –ambos conceptos diferentes pero válidos–; otras se han relegado al cajón del olvido, siendo rescatadas a posteriori si alguien se dignaba a copiarlas o quedando perdidas para siempre si el manuscrito no se volvía a copiar o si directamente era quemado. Lo cierto es que desde siempre nos hemos creído con el derecho a calificar una obra como buena o mala según su moralidad, mostrando una actitud cínica hacia la verdadera realidad que subyace bajo la superficie consciente del ser humano. Hablo de los monstruos que todos tenemos, esos que hemos de aceptar y con quienes debemos lidiar más de lo que desearíamos. La autonegación es simplemente otra forma de cobardía y negar que el ser humano tiene sus fantasmas es negar su propia naturaleza, esto es, su existencia. Más adelante veremos cómo alguien puede pensar que el ser humano que cree en sus demonios se haya fuera del 'cogito' –cogito ergo sum– y por tanto no piensa y no existe, cuando la realidad es que su existencia es tan fuerte, tan devastadora, que tendemos a negarla por miedo a que nos invada.


No tan lejos encontramos la censura y aún en la actualidad, personas con prejuicios que califican una obra y a un autor argumentando en contra de un contenido de dudosa moralidad, sin dar lugar a la matización o a un análisis más objetivo –dentro de la incuestionable subjetividad que conlleva el mero hecho de ser nosotros mismos y no poder escapar de ello–. ¿Cómo justificar estas actitudes, anquilosadas en ideas de siglos atrás? Deshumanizarse no es convertirse en un animal con instintos e inclinaciones hacia el mal. No es necesario hablar de ningún tipo de deshumanización ya que el ser humano es, per se, un animal, esto sí, racional, sometido a convenciones y reglas que le hacen, por lo general, seguir unos comportamientos pautados considerados correctos por la sociedad. Pero el mal, lo que subyace, está ahí, en ese mismo ser humano y en la vida. El ser humano no necesita deshumanizarse, esto es, dejar de ser él mismo, para entablar conversación con sus fantasmas; lo que ha de hacer es bucear hasta el fondo de un mar donde hallará pedacitos de sí mismo, pero más ciertos que los que se le presentarán en la superficie. Estos pedacitos son todos esos pensamientos, deseos y pulsiones que niega y que a priori no reconoce en la superficie de su racionalidad. La literatura es, por decirlo de algún modo, catalizadora del mal, y a su vez, manifestación resultante del proceso creativo de un autor.


Este proceso resulta interesantísimo para la psicocrítica y de él hablaremos, aunque sin profundizar, en las próximas entregas. Para hacer arte en primer lugar es necesaria la voluntad de hacerlo, y en segundo lugar, cierto grado de abstracción. La abstracción en la génesis de una obra se da con más fuerza en unos autores que en otros –un autor vanguardista o romántico experimenta un grado de abstracción mayor que un Galdós que habla sobre un hecho histórico–, pero sigue siendo un proceso misterioso y místico en muchas ocasiones, y tan único como cada autor. Con todo, ni en toda la literatura se trata el mal ni todo proceso creativo es producto de un vals con monstruos, pero sí que la existencia de este aspecto en el arte es algo que no podemos eludir. Y es que puede que la concreción de ese mal en forma de literatura sea, como algunos autores sostienen, tan solo la expresión de deseos oscuros y reprimidos del subconsciente que pugnan por salir. ¿Cómo es el alma o la mente humanas, como lo queráis llamar, sino un ente complejo y lleno, a menudo, de estigmas? ¿Acaso a lo largo de la historia se ha tenido miedo de hacer más real lo que llevamos dentro al ser canalizado hacia afuera por medio del arte? ¿Por qué creamos leyes, por qué creamos reglas, por qué se lucha por establecer un orden y es infinitamente más sencillo tender hacia todo lo contrario, hacia una realidad negativa? Puede que en el fondo todos estemos un poco perturbados; puede que todos tengamos una esquizofrenia sin diagnosticar que yazca entre una maraña de deseos oscuros y pensamientos inadmisibles en donde lo difícil sea establecer un orden que impida tender hacia esos puntos negativos. El proceso creativo supone, en este sentido, una experiencia catártica, ya que mediante el ejercicio del arte liberamos esos demonios internos. No solo puede beneficiarse de esto el autor, también el receptor, que con su lectura hace que la obra exista en su totalidad, otorgándole sentido al poner en juego sus experiencias vitales y sus lecturas anteriores. A propósito de nuestra natural tendencia hacia lo negativo, caótico o perverso, quisiera hacer mención a la Segunda Ley de la Termodinámica, esto es, la ley que habla de la entropía, que en resumen viene a decir que el universo tiende hacia el caos, hacia el desorden y la anarquía. La entropía es, pues, el grado de desorden de un sistema. En la teoría de la comunicación el concepto de entropía hace referencia al grado de incertidumbre que posee un mensaje; la entropía es nula cuando existen certezas absolutas. Pero no es realmente la entropía comunicativa la razón por la que hago mención de este tema, sino la tendencia del universo hacia el caos y, en definitiva, nuestra tendencia natural, por el mero hecho de formar parte del mismo, hacia ese mismo desorden y caos.

[Debido al límite de extensión he decidido exponer este tema en diferentes entregas]

6 comentarios:

  1. Se podría plantear como se concibe el mal en algunas historias de autor anonimo, como en los cuentos de hadas. Se lo personifica como una bruja envidiosa de la belleza de una mujer más joven. Envidia que la llega a una exagerada venganza, que fracasa. Recibiendo un castigo cruel que la lleva la muerte. Lo que no es considerado una forma del mal, a pesar de lo extremo.
    Actualmente se reivindica a ese tipo de figuras femeninas, incluso asignandole el papel de villana a la supuesta heroína.
    Y esta la fascinación por la figura de la femme fatale, como Aaronia Haldorn en La maldición de los Dain, que forma parte de una conspiración de asesinatos. Sin ser castigada por el detective protagonista, que incluso llega a salvarle la vida, detective que siente una fascinación por ella.

    De los vampiros considerados como la manifestación sobrenatural del mal se ha llegado a plantear que la maldad está en los cazadores de vampiros. O que el mal puede estar repartido en bandos antagónicos.

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  2. Desde luego el tema es complejo a mi entender. El mal como tal que es?...desde luego el que perjudica a otro ser. Pero bueno,,,,el debate es interesante.

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  3. Pedazo de entrada, siempre me ha llamado muchísimo la atención la concepción del mal en general. Como dice el anterior comentario, el mal qué es? Supongo que desde el punto de vista.

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  4. El mal en la literatura, buen texto, es cierto que siempre ponen censura a los autores que la usan como catalizadora, pero es parte de su proceso de creación, hay que darles libertad.

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  5. Complejísimo tema este, que estás afrontan con sobresaliente. Estoy de acuerdo en que el acto o proceso creativo supone una catarsis para el autor y, del mismo modo, produce, ha de producir una catarsis en los lectores o la epifanía de un nuevo yo a partir de la lectura. Seguiré tus entradas sobre el tema con sumo interés...
    Saludos agradecidos,

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  6. Joder..es tan absorbente el texto que baste decir que lo he leído pero, me vas a permitir que te rebata algún punto en cuanto dispongo del tiempo que merece este post. Así que, hasta dentro de nada.

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