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miércoles, 2 de abril de 2014



Una de mis actividades favoritas cuando estoy en casa es la de hacer recuento de películas, discos, libros y demás. Es como si, tocando y analizando esos objetos de mi habitación, quisiera  reencontrarme conmigo mismo y con una parte de mi niñez o adolescencia que ya creía olvidada. Soy de los que considera que, cada cierto tiempo, conviene releer pasajes de libros, escuchar aquellos discos que te marcaron como persona y volver a ver esa película que asocias con un momento de tu vida concreto y que propicia una especie de sentimiento de melancolía. Me pasé toda la tarde del domingo desempolvando libros, leyendo libretos de discos o entrevistas de viejas publicaciones como Popular 1, Ruta 66 y demás y me acordé del adolescente que fui, aquél que deseaba que llegase el final de mes para poder comprarse revistas de música y pasarse una tarde entera leyendo y releyendo, memorizando, volviendo a leer mientras sonaban esos Guns n Roses, Nirvana, U2, Pearl Jam, Héroes del Silencio, los Stones, Bowie y un largo etcértera. Así que, entre búsqueda y búsqueda, di con un grandioso artículo del mejor concierto de la historia de la música, aquél por el que todas las bandas habrían pactado, al modo que hizo el violinista italiano Nicola Paganini, por grabarlo. Efectivamente, hablo de Made In Japan, ese fastuoso concierto que los británicos hicieron en el país nipón y que supuso su confirmación definitiva como una de las mejores bandas de la historia de la música. 

A día de hoy los discos en directo no tienen el valor que tenían antaño. Si tenemos en cuenta que a día de hoy la grandeza de un artista se mide en los Grammys obtenido, las descargas en Itunes, las listas de Spotify y demás, la grabación del disco en directo tienen para las nuevas bandas un valor casi testimonial: un motivo más para poder obtener más beneficios y así obtener un colchón de dinero más que suficiente para afrontar gastos y la grabación del próximo disco. En las décadas anteriores, un disco en directo era el mejor legado sonoro que le podías dejar a tus seguidores; y en el que se ponía de manifiesto el talento y desparpajo de una banda. La interacción entre público y artista, la interdependencia entre ambos es fundamental y esa ha sido siempre la esencia del rock y el heavy, porque las mejores historias siempre pasan en los conciertos o en la grabación de éstos. ¿Conocéis la famosa historia de Vince Neil, vocalista de Mötley Crüe con la esposa de Bruce Dickinson en el backstage del US Festival del año 83? ¿La historia de los Stones en Altamont con los Ángeles del Infierno y la muerte de un fan que, junto con la extraña muerte de Brian Jones poco antes los puso en el disparadero de una opinión pública que los satanizaba día sí, día también? Historias como ésas, muchas, pero pocas tan elocuentes, retorcidas y macabras como las del Made In Japan. De todos modos, antes de meternos de lleno en la materia, conviene echar la vista atrás, porque pese al aura intocable que Deep Purple tiene, estuvieron a punto de dejarlo al final de la década de los sesenta. Una de las mayores injusticias que hubo en esa década fue el menosprecio que hubo hacia la figura de Rod Evans, un vocalista que, si bien no tenía el talento de Ian Gillan o David Coverdale, fue fundamental para que los británicos sentasen la base de lo que sería su tótem musical en los setenta.

Discos como Deep PurpleBook of Taliesyn evidenciaban, en cierta medida, las carencias de una banda que, pese a ser autenticas bestias compositivas y musicales, aún no sentían entre ellos ese grado de compenetración máximo que ha de haber entre un grupo si se quiere alcanzar cotas musicales y comerciales más altas; pero la calidad no faltó, de eso no hay duda. De hecho, siempre hizo acto de presencia, en mayor o menor medida, en todos sus trabajos. Sin embargo, la historia cambió, y se debió, en parte al ingenio de Ritchie Blackmore: uno de los compositores más grandes que ha habido en la historia de la música y que supo ver que si su banda tenía que competir con Pink Floyd, los Rolling Stones y Led Zeppelin, tenía que conseguir un cantante descomunal; uno que tuviese el carisma de Jagger, la poderosa mente de Syd Barret y las tablas y profesionalidad en el escenario de Robert Plant. El hombre adecuado para el puesto era Ian Gillan, un desconocido que pronto alcanzó una notoria fama. También había que buscar un bajista que pudiera competir con Waters y que, a su vez, pudiera ser un grandísimo compositor. Así es como apareció la figura de Roger Glover. Con Glover y Gillan fichados y con el poderoso trío que formaban Paice-Lord-Blackmore a la batería, teclado y guitarra respectivamente, Purple estaba preparado para tener su propia página con letras de oro en la historia del rock. Así nació la formación más talentosa de la historia de la música: La MK II. De todos modos, la andadura de Purple en los setenta, o mejor dicho, en los inicios de esta década no pudo ser más convulsa. El grupo era un polvorín, y la actitud desestabilizadora de Ritchie Blackmore, que todo lo que tenía de genio lo tenía de maníaco obsesivo, no ayudó a la estabilidad, precisamente.

 Lo que siempre diferenció a Deep Purple de sus coetáneos era la preponderancia de un rock con tintes de música clásica, una obsesión de Blackmore desde su época de adolescente y que, con Rainbow primero y con la bella y frágil Candice en Blackmore´s Knight, llevaría a cotas más altas. Ellos inventaban canciones, buscaban siempre la máxima complejidad, el sonido rimbonbante; y la música de Queen, sobre todo de los primeros, tiene mucho que ver con su sonido. No sólo crearon ese sonido fastuoso, también fue el primer supergrupo de la historia, porque si uno analiza bien la alineación, contaban con uno de los mejores vocalistas de la historia de la música, uno de los mejores guitarristas, un bajista incomensurable como Glover y dos de mis músicos favoritos del rock: Ian Paice y Jon Lord. Cuando grabaron In Rock en ese 1970, Page y Plant se preguntaron que de dónde habían salido estos tíos. Cuando grabaron Machine Head, el mundo los adoraba. No obstante, las críticas llegaron con Fireball porque nos tenían tan bien acostumbrados, que cuando sacaron un álbum de nueve en vez de diez, la gente se enfadó. Para remediar este suceso, los británicos consideraron que era el momento idóneo para realizar un majestuoso concierto en directo que les confirmase como la banda más potente, brillante y que la gente no se acordase de Fireball.

En 1972 eran considerados como emperadores en Japón; allí, donde no había penetrado la música de Zeppelin y los Stones, llegó la suya. En Japón, además, cosechaban números uno como nadie, ¿qué mejor lugar que el Extremo Oriente para demostrarle al mundo que Fireball sólo había sido un ligero traspiés? Ya habían tocado en Tokio y en el Budokan, y Warner Bros, principal valedora de la banda en Japón, les sugirió que hiciesen otro concierto allí en exclusiva para luego hacer un álbum que, en principio sólo tendría como destinatario al público japonés. La banda aceptó no sin las reservas de Blackmore y Paice, quienes no se explicaban por qué ese trato preferencial de los seguidores japoneses en detrimento de los europeos o norteamericanos. Arribaron al país una semana antes de su actuación, y agasajados con flores,  productos típicos de la zona, consideraron, extrañamente que aquella actuación no iba a estar exenta de polémica; opinión que también compartió Martin Birch -su productor de confianza- y el staff de la gira. El enfado empezó cuando el material suministrado por Warner no cumplía las demandas de la banda, y Blackmore, fiel a su talante abierto y conciliador, dijo que si no se le traía el material con el que tocaba habitualmente, el concierto en Japón lo iba a dar la madre de los ejecutivos de la discográfica. Con un poco de demora, finalmente tuvieron el material idóneo; pero aun así, los británicos demostraron poco interés en la actuación. Sin tener apenas ganas de tocar hicieron la mejor interpretación en su directo de historia, imaginad si hubiesen puesto todo su empeño. Otro símbolo de grandeza, vaya.


Como cambía esperar, los británicos, para el set-list, decidieron incluir, sobre todo, los dos grandes discos que los habían coronado como reyes: In Rock Machine Head, aunque con la apertura de Highway Star y el cierre con Space Truckin se hicieron una serie de modificaciones que, ante todo pretendían hacer del concierto en tierras niponas algo nuevo, no un concierto tan uniforme como habían hecho anteriormente. Las ganas de actuar eran nulas, pero había que brindarle al público nipón lo mejor, por eso intercalaron partes cambiadas subyacentes a las canciones actuales para así mantener el interés. El set list quiso ser retocado por Gillan y  Glover, pero, una vez más, se encontrarían con el furibundo e irritable carácter Blackmore. Este directo en Japón era de vital importancia para Warner. Encontrándose con pérdidas entre finales de 1971 y principios de 1972, decidieron recurrir a ellos, y las condiciones impuestas por Deep Purple fueron tan duras que no les quedó otra que bajar los brazos y agachar la cabeza. Ellos ya tenían experiencia en discos en directo. En 1969 Jon Lord ya había tenido la magnífica idea de juntar el talento suyo y el de sus compañeros con la finura y clase de la Orquesta Filarmónica de Londres. El resultado no pudo ser mejor. De esa experiencia, se prometieron que algún día volverían hacer lo mismo. El directo en Japón fue inmortalizado los días 15, 16 7 17 de Agosto de 1972; y el primer concierto les fue mal porque cuando llegaron, estaban muy cansados del viaje como para poder dar un recital totalmente lleno de energía; en el segundo concierto también hubo fallos en la interpretación de las canciones, y de hecho, Ritchie estaba tan enfadado por haber cometido tres gazapos consecutivos en el riff de Smoke On The Water, que se cargó dos guitarras y el bajo de Glover y salió blasfemando del recinto. La situación se repetiría en el segundo y tercer concierto, por lo que la canción más famosa de Purple se sacó de la tercera actuación.

 La banda, después de lanzar un irónico Good Morning, ya que el concierto empezó a las 18:30, hora muy poco habitual si tenemos en cuenta que los conciertos en América y Europa suelen empezar muy tarde, se lanza a tocar Highway Star. Con la guitarra de Blackmore lanzando punzantes estocadas en base a un riff demencial. Es en este concierto directo en el que los cinco quisieron meter una marcha más a su música. Si el mundo del rock estaba extasiado por las andanzas pendencieras de los Stones, los contactos con el satanismo de Led Zeppelin y las arquetípicas y sinuosas composiciones de Pink Floyd, ellos respondieron haciendo de este directo una auténtica oda a la chulería y a la grandilocuencia; siempre darían conciertos de algo octanaje, pero aquí llevaron su talento a otro nivel, como demuestran las interpretaciones del solo de Highway Star y su concatenación haciendo una concatenación de escalas que asombraría a miles de guitarristas posteriores. Gente como Malmsteen,Vai o el propio Satriani se hicieron guitarristas tras escuchar este directo. Child In Time sigue siendo a día de hoy, una de las mejores canciones de la historia. La marcialidad con la que Jon Lord manipula el Hammond, la sobriedad de Ian Paice a la batería y los inconmensurables gritos de Ian Gillan hacen de ésta, y sólo quizá con Freddie Mercury pisándole los talones en Wembley en 1986, la interpretación vocal más alucinante de la historia. La manera en la que cambia el registro, gira su voz, usa el falsete y utiliza los quiebros, han hecho de Gillan uno de los vocalistas por antonomasia. Una pena que una vida excesivamente disoluta quebrase ésta antes de tiempo. ¿Qué podemos decir de Smoke on the Water que no se haya dicho? El inmortal riff, el más famoso de la historia junto con el Highway To Hell y Satisfaction suena perfectamente nítido, como si no se hubiese tocado en directo y hubiese emanado directamente desde un estudio de grabación, y la batería de Paice suena tan fresca, contundente, rápida, que parece mentira que de un hombre tan diminuto y delgado, cada golpe con las baquetas sonase como si fuese a hundir el recinto a sus pies

Strange Kind of a Woman luce genial. La única que incluyeron de Fireball, con esos deliciosos con las melodías superpuestas del teclado de Jon y la guitarra de Ritchie; otra vez Paice descomunal, dando la sensación de tener cuatro brazos en vez de dos y con un Glover mucho más sobrio y participativo contribuyen a mejorar ostensiblemente la interpretación en directo. Lazy parecía que estaba siendo tocada por John Lee Hooker, Buddy Guy B.B King: pocas veces se ha hecho tanto derroche de swing y blues en sólo una intro. Ni siquiera las extensísimas partes instrumentales de The Mule deslucen un ápice la magia y la mística del concierto. No es que queden mal, pero al público menos exigente sí le pueden llegar a cargar un poco. Con Space Truckin sucedía tres cuartas partes de lo mismo, pero es que en los años setenta la música era tremendamente arrogante y excesiva. Una banda que no hiciese este tipo de diabluras en directo era considerada, más o menos, como unos advenedizos musicales. Incluso bandas de rock progresivo que poco o nada tenían que ver con Purple, empezaron a copiar estas mastodónticas interpretaciones, que se lo pregunten si no a King Crimson o a Yes. Y había que hablar de ella, cómo no. Cualquier estudio de Purple no tendría razón de ser si no se hablase de la leyenda sobre el hombre que se suicidó en pleno concierto de la banda. Se comenta que, mientras la banda tocaba Child In Time, un hombre, anonadado ante el despliegue vocal de Gillan, consideró que tras haber escuchado esos alaridos inhumanos, su vida carecía de sentido, así que, agazapado entre los asistentes, cogió su pistola, apuntó a su cabeza y se suicidó. Nadie dijo nada, nadie advirtió nada; sólo cuando el concierto terminó, el cadáver de un fan apareció en las últimas filas de la grada. A partir de ahí nació una situación de psicosis para un Ian Gillan que nunca se atrevió a cantar la canción directo en conciertos posteriores.


El disparo quedó adherido a la grabación. Y si uno pasa al minuto 9:45, comprobará que, efectivamente, se oye un tiro. El fenómeno nunca se ha aclarado, y la propia banda, con su silencio, ha alimentado cualquier tipo de rumor. Muchos son los que piensan que el disparo fue un truco que Jon Lord hizo con el hammond. Aunque la idea más extendida es la que, Gillan, quien ya nunca pudo llegar a esos grandiosos tonos con la voz, le cuesta cantar el tema, teniendo que ser ayudado por la guitarra de Blackmore y  la de Steve Morse después a la hora de reproducir los chillidos. Otra leyenda que circulaba es la de la muerte de la hija del vocalista, quien tras ser disparada por un ciego, murió en el acto -uno de los versos hace referencia a esta anécdota-; pero finalmente se demostró que no era así. La hija de Gillan no había nacido por aquella época. ¿Qué pasó en Japón? ¿Suicidio? ¿Leyenda? No se sabe. Lo que sí que conocemos todos es que después de esto eran la mejor banda del mundo y ya habían pasado a la historia hicieran lo que hicieran. La carrera de Purple en los setenta siguió con más luces que sombras, y las tensiones, la lucha de egos entre Gillan y Blackmore acabó con la salida del primero. De todos modos, si la MK II de Purple era absolutamente brutal, el mundo aún tendría que frotarse los ojos con la MK III, o lo que es lo mismo: David Coverdale Glenn Hughes. Pero de eso nos ocuparemos otro día...



11 comentarios:

  1. Vaya entrada! Hoy creo que dormiré mejor que de costumbre después del gran repaso que le has dado a uno de mis discos preferidos. Y yo que tenía preparado el Machine Head para publicarlo la semana que viene! Después de esto mejor lo pospongo, jaja.
    Bromas a un lado discos como este dan crédito para largo, aunque en el caso de Deep Purple tampoco es que se relajaran en exceso. Para mi gusto es sin dudas el disco en directo más mítico del rock en general. Un disco redondo de la primera a la última canción.
    Por otro lado y referente a las distintas formaciones, sin ser un experto, creo que Blackmore y Gillan fueron los que mas acrecentaron la leyenda de los Purple, si bien es la época de la banda que más domino todo sea dicho. Un saludo

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  2. bien. me gusta. De todos modos es un buen tema literario, el del tiro. lo pensaré. Tiros sobre el agua,

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  3. Desconocia el hecho que mencionas. Aunque siempre he sido más de Zeppelin que de Purple, el articulo rezuma erudicción y pasión. A seguir pues. Saludos

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  4. Pues aquí estoy revisando tu blog y me encuentro con un memorable repaso a uno de los mejores directos de la historia. Enhorabuena!!!

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  5. Un disco referente de casi todo. Para mí un gran disco del 72, para muchos... el único gran disco que han escuchado. Un standar que mucha gente no ha superado...Me jode mucho que las personas de mi edad que solo escucharon musica con 18 años, lo tengan tan mitificado sin saber que vino despues. Un discazo sin dudas!!

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  6. Felicidades por tu artículo. Me gustó

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  7. Magnifica entrada, con lo difícil que a mi me resulta escribir sobre estas obras maestras por el respeto que me merecen valor mucho la entrada que has hecho. Lo del tiro me lo dijeron antes de escuchar este álbum por primera vez hace mucho, muchos, muchos años y la verdad que para mi siempre será cierto lo del suicidio. No hay como ponerte unos auriculares y darle bien de volumen para convencerte de ello. Un saludo.

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  8. Muy buenas! Qué bueno volver a encontrarnos en la blogsphera jejeje.

    No soy un gran seguidor de Deep Purple aunque pude verles en directo en el 2005 en el Azkena Rock Festival de ese año y reconozco que disfrute de aquel concierto.

    Saludos

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  9. Mi disco favorito de Deep Purple sin duda. Me ha encantado el artículo del autor. Muy, muy bueno. Saludos

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  10. Ciertamente el disco en directo ya no es lo que era. Pocas cosas parecen ser las que eran. Pero podemos perdernos en esos majestuosos álbumes en vivo de antaño una y otra vez.

    Qué blog más moderno oye, sigo siendo un dinosaurio!

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  11. Me ha encantado la entrada, Álex. No has perdido nada de de talento. ¿Sabes? Me acuerdo mucho de tu anterior blog. Era precioso. Un beso, guapo.

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